El verbo de la Insumisión

1. El telón de fondo de la ignominia

José María Vargas Vila es el colombiano que, después de García Márquez, ha ganado mas lectores mundialmente a través del s. XX, pero, indudablemente, escribió más literatura popular que el Nobel colombiano -el otro Nobel resulta vergonzoso-. Es muy curioso que, aún su fecha de nacimiento aparece errada en muchas partes -hasta en Wikipedia-; a pesar que en cuatro ocasiones, él mismo la precisó en su Diario, es decir el 23 de Julio, tal vez porque su acta de bautismo contiene el error. Igualmente, nuestro ensayista mas reconocido a nivel mundial -Rafael Gutiérrez Girardot exiliado también-, a través de toda su obra y, particularmente, en su ensayo sobre la literatura colombiana en el Manual de Historia de Colcultura (1990) -que pretendió renovar la historia patria, groseramente manipulada por la élite católica conservadora-; lo menciona allí de manera superficial y mezquina. Posición sorprendente y extraña, si se tiene en cuenta la reconocida importancia intelectual de Gutiérrez Girardot, quien, entre otros méritos, ostenta el de la fundación de la Editorial Sur y su papel fundamental en la valoración mundial de Jorge Luis Borges.

Pareciera que la cultura dominante en el país y su intelectualidad lo consideran como un escritor de orden Menor. Aún el mismo García Márquez -en una entrevista, que Amadeo Clavijo subraya en su extraordinario libro Insumisión, anarquía, herejía en Vargas Vila-, lo califica injustamente como un novelista malo. Así mismo, la envidia del Nobel se descubre en su actitud de descuido a la oferta de repatriar su Diario, llevado a Cuba, de manos de su avispado custodio, quien finalmente sólo publicó tardíamente, en Barcelona, una parte de lo que él había logrado trascribir y sacar en manuscrito por ser -a su entender- lo más importante. Él había hecho entrega forzada del original, al estado cubano que ha dejado hasta la fecha oculto e inédito este importante trabajo y fuente clave de comprensión -ante la crítica mundial-, de la obra de un autor que desde hace mucho tiempo espera su completa y justa valoración.

Por otra parte, su lenguaje de erudito con cuatro idiomas a cuestas y una emotividad difícil de imitar, coronan su copiosa literatura con un vocabulario extraordinariamente rico dentro de las letras en idioma castellano; aunque colindante con la extravagancia, su lenguaje recibía no sólo el respaldo de los lectores, sino que ponía a su alcance y comprensión los enredos de la vida moderna en Colombia, hipnotizándoles; además proporcionaba al público de las clases trabajadoras -especialmente en el caso de España- una actualización de los problemas de la sociedad y la ciencia de la época. Era una posición cultural lanzada a través de novelas y ensayos al alcance de todos los hogares que invitaba a leer e ilustrarse en temas cotidianos; provocando -de manera furibunda- la reacción de las instituciones culturales de las letras, la filosofía y la religión imperantes, quienes le condenaron abiertamente -el aparato escolar atado por el Concordato a la iglesia católica colombiana-, la élite iberoamericana oscureciendo su influencia, para sostener su “poder espiritual” en el mundo aparentemente sólido de sus “academias”. Por eso se olvida el veredicto de Borges -autoridad tan respetada en el mundo literario- que recordó William Ospina en El regreso de Vargas Vila, (2011): “Vargas-Vila es autor del insulto más espléndido de la literatura, (con lo cual) le confirió un lugar de privilegio en su cielo literario, aunque a continuación tuviera que medirse con él, e intentar despacharlo con una ofensa equivalente. ‘Pero nada de literatura’ …” Concluye, ladinamente, el joven Borges.

Por ello podemos señalar que su verbo: esa prosa hiriente que cautivaba al público en la primera década del siglo XX, contenía un profundo desencanto de la modernidad y el lacerante autosacrificio de nuestra América de entonces, consagrando a Vargas Vila, como militante de la razón y, al mismo tiempo, como su crítico. Su encanto está en la expresión directa y escandalizante, en su dialéctica centrada en lo sensual latinoamericano; que se atrevía, además, a burlarse del infantilismo del gran Rubén Darío, en medio de su profunda amistad y admiración. Como también esa imaginación intempestiva que coloca al Nobel José Saramago de su Evangelio según Jesucristo en relación con Vargas Vila en una situación muy cercana al plagio -es decir en el mismo intríngulis en que quedara García Márquez ante Kawabata-, sólo que la “puta triste” de Vargas Vila resulta, a nuestro entender, más demoledora que la del portugués, y se llamó María Magdalena, su extraordinaria novela de 1911.

José María Vargas Vila es uno de los nuestros; su pensamiento, al igual que el de Jorge Isaacs, Julio Enrique Blanco, Quintín Lame, Camilo Torres Restrepo, Jorge Eliécer Gaitán, Biófilo Panclasta, aún el de Rafael Gutiérrez Girardot y Baldomero Sanín Cano, reconocidos mundialmente, han sido postergados y opacados por la intelectualidad de nuestra cultura parroquial; pues ésta -rastacuera hasta el alma- se esmera en promover a sus pensadores, desde Miguel Antonio Caro -nombrado
con el señorial apelativo de “don”-, Guillermo Valencia, Rafael Pombo, Jaime Jaramillo Uribe, Nicolás Gómez Dávila y el “Dr.” Malcom Deas, que denigró vulgarmente de Vargas Vila, tal vez un gesto más para agradecer su doctorado. Es por esto, que una misión del pensamiento crítico actual debe ser la de velar por que la memoria de nuestros pensadores auténticos nos mantenga despiertos. Más aún en momentos en que parece despuntar una nueva etapa de inquietud, acción popular y juvenil de inconformidad que se levanta, a propósito del despropósito del régimen, “light” y al mismo tiempo fascistoide, que gobierna el país. A pesar que en su época casi el 60% de Colombia era analfabeta -según investigaciones autorizadas- y, además, no había televisión, se leía a Vargas Vila, hasta clandestinamente, se hacían ediciones piratas, se prohibía su mención en las escuelas y especialmente por mandato de la iglesia -que le hizo el honor de excomulgarlo-.

Ahora, cuando nos asaltan con una noticia -medio escape furtivo- en la prensa oficial (accionado tal vez, por accidente), sobre el exabrupto durante un desayuno cuaresmal del embajador de USA para comunicarle a los legisladores colombianos sobre las órdenes a seguir en el parlamento, adobadas con el estímulo de millones de dólares en “ayudas para la paz”. Todo esto relacionado con el bloqueo militar y económico, el decomiso fraudulento del oro y fondos bancarios, y el ataque inhumano a los servicios públicos que se despliega contra Venezuela; una guerra de nuevo tipo que comenzó Obama con su decreto del supuesto ‘peligro extremo’ y hoy encabeza Trump con sus aúlicos y “cornetas”, tanto de allá como de aquí; entonces se puede comprender la actualidad que adquieren estas palabras ya centenarias de Vargas Vila: “el mundo agoniza con las venas abiertas, sobre los campos ardidos… el yanqui ha escogido bien la hora… los mercaderes se han hecho merodeadores, y , aprovechando que los pueblos de Europa combaten, ellos roban; el monroísmo es la consigna de ellos… atracar, más que atacar los pueblos débiles; esa es la consigna de su cobardía; mientras los pueblos de Europa mueren, ellos roban.

2. Sobre la Historia y la política

Con los trabajos de Jaime Jaramillo y otros historiadores surge la imagen, a partir de los 60, de la llamada Nueva Historia de Colombia, pero se desconoce que, a partir de José María Vargas Vila, en sus trabajos sobre las guerras civiles, surge el juicio crítico de la Regeneración como el principal obstáculo a la cultura de la modernidad. Se reconoce la historia de los Manuales de Colcultura, pero no ocurre lo mismo con el escritor de veinticinco años -V.V.- que en 1885 se estrena como analista histórico, relatando la forma en que se muere la república laica en la batalla de La Humareda, y se lleva a la tumba a sus mejores hijos, frustrando el proceso de formación de la nación moderna. Hoy, a 135 años, podemos precisar mediante la investigación histórica, que a través del relato emotivo del joven Vargas Vila se puede apreciar mejor: de manera más viva y esclarecedora esta situación anómala de la nación, que en la versión -acaramelada- de los “nuevos” historiadores que intentaban modernizarla.

Con el cambio de siglo, la maduración autodidacta de Vargas Vila, acelerada por la persecución y el exilio, marchaba ya al ritmo del contacto con sus amigos: primero Juan de Dios “el indio” Uribe y Diógenes Arrieta, que estimularon su afán por escribir novelas y promover revistas en Venezuela, luego en Estados Unidos. Además, encuentra a José Martí en Nueva York en 1893, cuando el cubano estaba a punto de terminar su obra, mientras él apenas empezaba su peregrinación, por él llega a profesar una devoción de toda la vida hasta llegar a la veneración, tiempo antes de ser reconocido por la América entera, incluso hasta denunciar su sacrificio prematuro. “Solo tres hombres significativos, tres encarnaciones de pueblos, han surgido en América después de Bolívar: Benito Juárez, José Martí y Eloy Alfaro…”. Escribe emocionado.

A Rubén Darío, lo conocería casi al principio de su carrera y lo trataría con esa confianza de un hermano mayor -que el poeta de América respetaba-, aunque tuviera que pasar el enojo de verlo como diplomático del trásfuga Rafael Núñez y, también atreverse a cuestionar su vida licenciosa en Paris. De Eloy Alfaro sería vocero y, después de su violenta muerte, su vengador implacable a través de su verbo incandescente. Varios latinoamericanos ilustres de entresiglo constituyeron su compañía intelectual. El exilio y la proscripción de su patria lo hicieron hijo de América, bajo su emblema de libertad -no rendir pleitesía, no deber favores, no arrodillarse- se hizo proscrito de los círculos de escritores que vivían parasitando de poderes subordinados al imperio y, además, obscuros.

Su insumisión conmueve a los propios anarquistas de la FAI en Barcelona, quienes vacilan ante el furor que despierta en sus bases; esas asociaciones de obreros libertarios, autodidactas y militantes de la CNT como Ventura Durruti; ávidos de ideas y apasionados como los inmigrantes que llegaron a Buenos Aires, a la Patagonia y hasta Tolú -como Vicente Adamo-; también las juventudes educadas por Francisco Ferrer y Guardia; todos ellos vecinos a su apartamento de la Rambla de Cataluña, donde Vargas Vila escribía y donde, también quiso yacer definitivamente en vísperas de las sangrientas barricadas del triunfó fugaz de la Revolución española sobre el golpe fascista de Franco. Derrota emblemática inflingida al “benemérito” por el pueblo catalán que Vargas Vila no alcanzó a disfrutar y que luego se revertiría en la masacre impune -aún hoy- de millones de víctimas. Esta relación con el anarquismo, ciertamente le confronta con algunas ideas de sus teóricos importantes: su antifeminismo, que -creo- es el fondo de su polémica con Federica Monsegni. En conclusión, pareciera que el verbo de Vargas Vila descentraba, aún a los dirigentes anarquistas, a pesar de su profunda empatía ideológica.

Por otra parte, su arraigo en la historia se relaciona con su conciencia de víctima de la violencia y anacronismo de su patria; esta dramática confesión de agosto de 1920 cuando recién ha cumplido 60 años: “Tal vez no ha habido un devorador de libros tan ávido como lo fui yo en mi juventud; mis noches fueron días para las lecturas, mis días eran demasiado cortos para mi tarea de leer… fui el autodidacta apasionado y completo; a los veinte años, la antigüedad clásica me era familiar. Era la época de su madurez, cuando su América fue avasallada por la doctrina Monroe y sus garras tomaban posesión de Panamá, República Dominicana, Haití, Nicaragua y engullían medio México; mientras, por otro lado, la guerra mundial llevaba al espasmo la voracidad imperialista en Europa. El fondo de su violenta reacción contra la sociedad era, indudablemente su comprensión crítica de toda la historia de Occidente y particularmente nuestra América, porque se trata de la historia de los vencidos, los sin esperanza ante el Poder vigente -como diría después W. Benjamin-.

Le asalta el problema de la justicia y su aplicación a través del estado, la ley y la legitimidad en el devenir de la humanidad; sus querellas políticas resultan frustradas y sus héroes, en las novelas, son trágicos; pues el desarrollo de las posibilidades del género humano que nutre las propuestas políticas de Platón, que inquietan a Kant (s. XVIII) desvelando aún al siglo XXI, sigue estancado. En mi opinión, era esto lo que sumía al Vargas Vila tardío en el desencanto que proyecta su evocación a la soledad, pero era la misma del modernismo lúcido del pensador de Könisberg, al afirmar en su Filosofía de la Historia “Este es el problema más difícil y el que más tardíamente resolverá la especie”.

Por esto, en Vargas Vila se destaca su conciencia histórica, que se expresa en la forma certera de calificar las fuerzas que se disputan el mundo, los conflictos que se ciernen sobre él, las guerras y el destino de los vencidos. Especialmente, su juicio sobre el imperialismo norteamericano precedido por un análisis profundo de la naturaleza humana propia de la era del capitalismo contemporáneo. Él debe estar -en Colombia- al lado de pensadores como Manuel Murillo Toro, Antonio Nariño, Raimundo Russi y Joaquín Pablo Posada, quienes representaron el pensamiento insumiso colombiano en el siglo XIX, aunque éste resultara derrotado y desconocido finalmente. Pues, la cultura moderna nacional que forjara una auténtica nacionalidad en este país, sólo resultó ser cultura de la ‘simulación’, en la expresión de Gutiérrez Girardot, quien nos recordó -muy oportunamente- el significado del rastacuerismo.

Esta conciencia histórica se traduce inmediatamente -a través de su literatura y sus emotivos ensayos vindicatorios- en un pensamiento marcado por principios de una posición revolucionaria que va mas allá del liberalismo radical -diferente al planteamiento de Hernán Ortiz Rivas, cuyos ensayos están en proceso de edición-. Su cuestionamiento a la moral hipócrita y a todas las Iglesias; también a la política moderna y sus partidos; además, su insumisión frente al Poder; su radical cuestionamiento al imperialismo y a las guerras del capitalismo; todo mediante violentas adjetivaciones. Además, su razonado cuestionamiento a la dirección de la República soviética -incluidas sus reservas sobre Lenin- justifican, no sólo su caracterización muy cercana al pensamiento ácrata -lejos, aunque él lo afirmara, de denominarse apolítico -. Creemos, mas bien, que es un intelectual revolucionario, perseguido por sus ideas, a la altura de lo más avanzado de su tiempo, su calificativo político más justo sería: es un intempestivo. O sea: el divino y su contracara, el maldito.

 3. La filosofía en Vargas Vila

Ser filósofo no es repetir filosofías consagradas académicamente para seguirlas o superarlas; debe recordarse a Kant sobre la diferencia entre el filósofo y el filodoxo; uno es el que piensa y a través de sus ideas es ejemplo para otros, el otro es un maestro que expone ideas que ha recibido y comparte. Tampoco es, como dictaminara Jacques Lacan: ser el discurso del Amo. Filosofar es pensar, y pensar libremente, como enfatiza Foucault, con el discurso de la verdad que no se doblega al Poder; es como los cínicos -Diógenes- y Sócrates ante los tiranos. Es un parresiastés. Vargas Vila reniega de esa filosofía de profesores que, desde los discípulos de Ortega en la Nacional hasta los semiclérigos de la filosofía latinoamericana católica, inundan las aulas universitarias, practicando un pensamiento típico de esa modernidad que Bolívar Echavarría denominó con el calificativo moderado de ethos barroco; una modernidad hipócrita, jesuítica -como la calificó Kant-; por eso Vargas Vila no aspiraba a posar de filósofo.

Los filósofos -dice-, son los lapidarios del espíritu; no todos los días saben hallar una verdad, pero todos los días dan una faz de la verdad… todo filósofo vive confinado en un sistema, como un cenobita en su desierto… Y en otra parte, (Rosal pensante) confiesa: Yo suelo filosofar, pero no, yo no soy un filósofo, ese título me espeluzna, y contra él he protestado en todos los tonos siempre que con él ha querido regalárseme… la vida de la filosofía es incalculable; la filosofía de la vida es inagotable…

De esta reflexión surgió, en mi libro “Filosofía en Colombia, modernidad y conflicto”. (Laborde ed. Rosario Argentina. 2003), la necesidad de incluir un capítulo dedicado a evaluar el alcance de aquello que sobrevivió la Regeneración como pensamiento ético, crítico y filosófico y, además, proyectó su influencia en la formación de las clases medias, artesanos y comerciantes, en la preparación del mediocre proceso civilizatorio que siguió a la caída del régimen conservador. Había una corriente liberal alimentada por la literatura, en medio de la primera lucha del movimiento obrero y campesino-indígena, corriente perseguida en Colombia por la iglesia, donde el verbo de Vargas Vila, el periodismo crítico de Baldomero Sanín y el rigor académico de Carlos A. Torres, mostraban explícita orientación hacia la formación de cultura filosófica. Conformando una minoría perseguida que intentó hacer cultura y por eso la llamé filosofía en exilio.

Como Sócrates, Diógenes, Bruno, Spinoza, Bakunin, Marx y muchos más, Vargas Vila recibió en pago de su filosofía insumisa sólo el desprecio de la aristocracia colombiana y su intelectualidad rastacuera. Si la filosofía es el ejercicio de la razón en el más amplio sentido de la palabra, de manera autónoma y centrada en el universo del hombre, entonces Vargas Vila es un pensador de principios del siglo XX, con sus angustias y sus veleidades y, con su desencanto del mundo en que le tocó vivir; un mundo que era creación del capitalismo moderno. Al estilo de la filosofía que, con Nietzsche, asimilaba literatura y poesía; a través de aforismos, en estilo periodístico, Vargas Vila expresaba un nihilismo desencantado de la modernidad capitalista, desde una esfera lacerante de soledad -pero apuntando más lejos que el sajón-. Siempre en ese tono cercano a nosotros, aunque en vocablos sofisticados, que encuentra eco en gentes del pueblo; en artesanos y marginados de nuestra América, cuyo calificativo de Latina fue, precisamente de los primeros en cuestionar.

Igual que Martí, no fue profesor por circunstancias vitales -lo mismo que Marx-; siendo, tal vez, para Vargas Vila peor por ser autodidacta obligado, sin formación universitaria -para escándalo de Gutiérrez Girardot-. Pero su capacidad para asimilar los problemas del siglo naciente, la guerra mundial, la condición de América Latina frente a Estados Unidos, su valoración de la cultura europea y su conciencia de la mediocridad de la aristocracia dirigente colombiana, le llevaron al nivel de los cerebros más brillantes de su época en la comprensión de la historia y también -como pocos académicos desde sus escritorios- a conmover las entrañas de estos pueblos con su prosa apasionada, con sus ideas de crítica al poder, autonomía, libertad de conciencia y soberanía.

Vargas Vila, al contrario de algunos superficiales historiadores de su obra, expresa en sus escritos un amplio dominio de la filosofía de su época -apoyando o cuestionando-. Sus referencias permanentes, en el Diario, a las figuras de la filosofía clásica alemana expresan su conocimiento -directo y en su lengua- de Kant, Hegel y Schopenhauer, aparte de Goethe, Schlegel y el poeta Heine; de los franceses Voltaire, Diderot, Montesquieu, Holbach y Renan. Su predilección por Nietzsche, como un alter ego epocal, -él era el mismo insumiso que se negó a arrodillarse ante el Papa- cuando fue representante diplomático en Roma.

Vargas Vila logra convertir en herramientas el nihilismo y la crítica, pues se propone erigir la palabra en arma aplastante. Pensador militante del verbo; sus figuras simbolizan la desgracia de una raza caída en la barbarie dentro de una conciencia desencantada por la derrota. Recurre a la racionalidad para denunciar y condenar a quienes denigran su estirpe. Se expresa a golpes -para usar el brillante título del seminario de los filósofos cubanos sobre Nietzsche: Filosofar con el martillo-; pero su actitud es la del intelectual que se destruye a sí mismo, mientras expone ante el mundo la desgracia de su pueblo.

“Yo soy porque no tengo un Dios… solo soy porque no tengo una patria; solo soy porque no tengo un Hogar; solo soy porque no tengo un Amor; solo soy porque no tengo un amigo; todas las soledades, las del cielo y la tierra, me rodean; el único sol que brilla sobre mi soledad, se nubla en este momento, con una nube tan triste, que hace palidecer el rostro de mi soledad: la enfermedad.

Su obra filosófica se prodigó en la literatura; poblando con personajes y pasiones su análisis crítico de los valores éticos, psicológicos, estéticos y sociales para formar la conciencia de sus lectores, que así comprendían, a través de sus ensayos y novelas, el cuestionamiento de una época, que en Francia inspiró a los poetas malditos, pintores impresionistas y acusadores como Zola y Anatole France; pero, en nuestro suelo, su trabajo literario sólo producía estupefacción y menosprecio. Basta estudiarlo para ver, que no sólo era su verbo una réplica al mundo moralizado de principios de siglo, sino que su pluma era una espada para combatir la intolerancia, la banalidad y la sumisión; de manera que sólo mentalidades construidas sobre la simulación o el esnobismo, pueden condenar la calidad literaria e intelectual de Vargas Vila -lo que, en el fondo, es sólo terror de rastacueros-. Pues él fue un hombre que despreció los honores y se colocó del lado de los que piensan y no se doblegan por temor a la indiferencia.

*Versión corregida del texto en Mesa redonda sobre el autor. Feria del libro. Bogotá, mayo 2019.

Publicado en Revista No. 13 - 14

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